Reflexiones y ensayos

Los entierros en los pueblos son otra cosa…

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LLevo una semana en el pueblo, en el de mi madre, en el que he veraneado toda mi vida y en el que todavía me sorprenden sus usos y costumbres. De hecho no sé bien si es la manera en la que suceden las cosas o mi propia visión de las mismas.
En mi pueblo cuando muere alguien no te llega un whatsapp, te enteras por las campanas, en el bar o porque te lo dice alguien con quien te cruzas cuando vas “a por pan”
Antes se velaba al muerto en su casa, ahora en el tanatorio, pero el día del entierro cientos y cientos de personas aguardan en semicírculo a la puerta de la iglesia comentando las circunstancias previas a la muerte del fallecido, lo inesperado o previsible que ha sido, la edad, su estado civil y todo tipo de datos sobre hermanos muertos o vivos y si tenía o no descendencia.
En mi pueblo los entierros son multitudinarios y más si te mueres en agosto.
A mí me sorprende la cantidad de gente que acude a los entierros y desde una visión de espectadora tras uno de los bancos de la iglesia miro a mi alrededor con curiosidad y escepticismo. También miro antes de entrar y veo gente, mucha gente, algunos de ellos pertenecen a recuerdos de mi infancia, de otros muchos no sé el nombre ni he cruzado nunca una palabra, pero les conozco y siento cierta empatía porque forman parte de mis recuerdos y por tanto de mi vida.
Veo a aquel chico que me gustaba de pequeña o aquel con el que me besé de adolescente y apenas he vuelto a ver. Veo a mujeres, antes chicas, de las que un verano fui amiga o enemiga, según el caso. Veo gente envejecida y otra que se conserva como en salmuera, que está igual que en mis recuerdos de hace veinte años.
Volviendo a la ceremonia, llega el coche fúnebre primero y aparca delante de las escaleras de acceso a la iglesia, los familiares le siguen y ahí algunos nos acercamos a darles el pésame, otros lo hacen al salir. Hay gente que sabe cómo dar el pésame, mi hermana por ejemplo, pero yo considero que a mí no se me da bien, sobre todo porque o no tengo confianza con los familiares o porque no me da tiempo a prepararme el discurso con lo que me gustaría decirles.
De ahí todo el mundo entra dentro y el cura hace su ceremonia, su teatro, pero no lo digo como un acto falso, sino como una representación.
Hoy he sentido que me daban ganas de salir de mi posición de espectadora, caminar hasta el altar y coger el micrófono para hablar, sentía la imperiosa necesidad de decir algo como cuando en las bodas o festejos no puedo evitar ir a pedir una canción al Dj.
El caso es que tras oir sobre todo a las mujeres repitiendo los mismos salmos y oraciones de siempre quería decir que a veces las frases, de tanto usarlas, pierden su significado y que sería mucho más bonito para la familia que las personas que quisieran subieran a hablar y dijeran unas palabras en memoria al muerto, alguna anécdota, algo que le dote de la personalidad de la que la ceremonia estándar le quita, pero no lo he hecho y no sé si me arrepiento, pero me moría de vergüenza de pensarme en el púlpito ante cientos de personas como una extraña que interfiere en un culto inamovible, tradicional y casi vetado.
En fín, ha llegado el momento de darnos la paz y la verdad es que las mujeres que tenía alrededor ni me sonaban pero me he dispuesto a extender mi mano y coger las suyas. El momento de darnos la paz me gusta, me parece muy bonito, lo percibo cómo algo colectivo, societario, pero hasta hoy no me había dado cuenta de que se dice “la paz sea contigo” guauuuu, me parece la leche, (catolicismo a parte) así que la próxima vez que tenga que volver a una misa, pienso decirlo con toda la intención.
Por último hemos salido todos de la iglesia para ir al cementerio y esperar que el muerto sea enterrado en la parcela de su familia, ahí ya cada cual se acerca a la tumba de sus antepasados y aprovecha para traerlos al presente por unos minutos…y la gente habla, en el cementerio siempre hay un murmullo de fondo lo cual hace pensar que se ve como un lugar más coloquial que la iglesia en la que no se oye ni un alma, expecto la de Cristo.
Se me ha olvidado decir que en mi pueblo los entierros tienen banda sonora en directo, de hecho tienen como dos bandas, la de las amas de casa y a veces la del coro, que son unas mujeres que antes eran chicas y que sorprendemente aún siguen yendo a cantar “alabaré”, canción que junto con otras y no sé cómo, canturreo con ilusión y con total inconsciencia. Yo nunca fuí del coro “soy de fuera” pero inexplicablemente me sé todas y cada una de las letras y me hacen gracia.

Con esto quiero decir que aquí las cosas sucenden diferente y que al menos yo, respiro un espíritu menos aséptico que en los entierros de ciudad.

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